Qué encontró el estudio
Un equipo internacional de investigación dirigido por Xingli Fan, de la Universidad de Tecnología de Chengdu (China), ha publicado en la revista Science un análisis de la actividad sísmica registrada en el entorno del monte Mantap, en la provincia norcoreana de Hamgyong del Norte, donde Corea del Norte realizó seis pruebas nucleares subterráneas entre 2006 y 2017. El trabajo se apoya en 17 años de datos continuos de ondas sísmicas, correspondientes al periodo 2008-2025, obtenidos en estaciones de monitorización situadas en China y Corea del Sur a distancias de entre 80 y 200 kilómetros.
Según el estudio, la región se consideraba geológicamente tranquila y no se habían documentado terremotos corticales en un radio de 50 kilómetros durante más de un siglo. Sin embargo, los autores sostienen que la sismicidad no se disipó tras la última detonación, sino que aumentó y se aceleró de forma constante hasta 2025. El equipo detectó 1.399 pequeños terremotos locales y cartografió la ubicación exacta de 955 de ellos.
Los investigadores emplearon una técnica de reconocimiento de patrones, conocida como detección por filtro adaptado, para identificar temblores pequeños que suelen pasar inadvertidos para las redes estándar de monitorización sísmica. Los autores señalan que esa sismicidad persistente complica la distinción entre temblores inducidos por explosiones antiguas y terremotos de origen natural.
El mecanismo propuesto
El estudio propone una explicación física para la persistencia de los temblores. Según los autores, las explosiones subterráneas dañaron la corteza terrestre en torno a debilidades estructurales preexistentes. Al cartografiar 955 de los sismos detectados, descubrieron que no estaban distribuidos al azar, sino alineados a lo largo de dos trayectorias distintas y aproximadamente paralelas que se alejaban del lugar de las pruebas. Una de ellas seguía la prolongación de una falla geológica ya conocida; la segunda reveló lo que parecía ser una falla oculta, nunca cartografiada hasta ahora.
Los investigadores recurrieron a modelos informáticos para analizar cómo el peso y la forma del monte Mantap influyen en las tensiones de la roca situada bajo él. Concluyeron que la propia montaña desempeña un papel relevante, ya que sus laderas, empinadas y pesadas, ejercen una presión natural sobre el subsuelo. Las explosiones habrían dañado esa roca ya sometida a tensión, debilitando la corteza circundante y favoreciendo una redistribución gradual de los esfuerzos que, años después, seguiría desplazando fallas cercanas.
El resumen del hallazgo se recoge en una cita de los autores: «El monte Mantap demuestra que las explosiones nucleares subterráneas pueden generar efectos duraderos en la corteza dentro de un entorno heterogéneo y sometido a tensiones críticas». Los científicos se mostraron sorprendidos de que explosiones cesadas años atrás siguieran provocando movimientos en las fallas.
Implicaciones para la vigilancia nuclear
Los autores subrayan que estos temblores persistentes dificultan las labores de vigilancia en el marco del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares. La actividad continuada complica la distinción entre los temblores provocados por explosiones de años atrás y los terremotos de origen natural, un problema relevante para los sistemas de verificación del tratado.
El trabajo se apoya en datos de estaciones de monitorización situadas en China y Corea del Sur, a distancias de entre 80 y 200 kilómetros del lugar de las pruebas, y en el uso de técnicas de detección de temblores pequeños que las redes convencionales no suelen registrar. El estudio se publicó en la revista Science y sus conclusiones se formulan como hallazgos del equipo investigador.
El análisis abarca desde 2008 hasta 2025, lo que permite observar la evolución de la sismicidad a lo largo de casi dos décadas y comprobar si la actividad decaía tras el cese de las detonaciones. Los autores sostienen que no fue así y que la sismicidad siguió aumentando años después de la última prueba.